El jarrón de porcelana

Había una vez un monasterio regido por el Gran Maestro y el Guardián.

Un día el viejo Guardián, ya entrado en años, murió por causas naturales. Había que sustituirle por lo que el Gran Maestro reunió a todos sus discípulos, para escoger quién tendría la honra de trabajar directamente a su lado.

- Voy a presentarles un problema, les dijo, y aquel que lo resuelva primero será el nuevo Guardián del templo.

Colocó un taburete en el centro de la sala y encima de él un precioso jarrón de finísima porcelana y delicados dibujos. No hacía falta decir que el jarrón era de un valor incalculable.

Los alumnos se quedaron mirándole, extasiados por su enorme belleza; mientras tanto el Gran Maestro se situó al otro lado de la sala, en la puerta de salida de la misma. El recinto se angostaba casi en la mitad de forma que el taburete y el jarrón se interponían para avanzar hacia dicha salida.

- Este es el problema -dijo el Gran Maestro.

Los discípulos se quedaron mirándose unos a otros sin saber qué hacer. Pasados unos minutos hubo uno de ellos que se adelantó, miró al Maestro, luego a sus compañeros y por último lanzó la mano tirando al suelo el preciado jarrón que se hizo añicos.

El Gran Maestro le miró y sonrió levemente mientras decía:

- Tú eres el nuevo Guardian.

Mirando al resto comenzó a explicar:

- Fui bastante claro cuando comenté que teníais ante vosotros un problema... y un problema es un problema, tome la forma que tome. Puede ser un carísimo jarrón, un gran amor que ya no tiene sentido, un camino iniciado que no conduce a ninguna parte o una decisión tomada que no lleva a ningún lugar. No importa cuan bello y fascinante sea el problema o el dolor que cause el solucionarlo... sólo hay una manera para lidiar con él: atacándole de frente.