Y después de la guerra

Después de la guerra civil española, en lo que todos conocemos como posguerra pasaron muchas cosas: el estraperlo, unos enriqueciéndose mientras otros entraban en la miseria... en el hambre.

En la ciudad de Santillana del Mar (Cantabria, España) (que ni es santa, ni llana, ni tiene mar... como reza el dicho), en la época de esa posguerra de la que hablamos y que se produjo a partir de 1940, había más vacas que habitantes; en concreto existían 5800 vacas y 5000 habitantes. Por ello salían de allí diariamente cientos de camiones con leche hacia la capital madrileña, mientras que la población del pueblo no tenía ni una sola gota para su consumo. Para entender por qué se producía ese desfase, sobre todo sabiendo la hambruna que había en todo el país, hay que conocer que el dictador Franco ordenó enviar grandes cantidades de productos, básicos y no tanto, a la Alemania nazi de Hitler, sin importarle si la población española pasaba hambre o no.

También hay que tener en cuenta que en ese periodo funcionaban tanto las rencillas y venganzas personales, como los "chivatazos": delaciones sin más motivo que el odiar al vecino. Con ello lo que se consiguió fue que el miedo se apoderara de calles y casas, y la supervivencia estuviera basada en ser afín a todo lo que significara bendecir al régimen. Y por último no podemos olvidar tampoco que quienes tenían algún cargo político, por nímio que fuera, solía elegir y apropiarse de los alimentos y objetos que quisiera, sin tener que dar ningún tipo de explicación a nadie, por lo que lo que llegaba al mercado negro lo hacía con tanta escasez que su precio (no siempre era en dinero) era desorbitado.

Pero volvamos al tema de la leche del principio de este escrito. A un ganadero proporcionar un litro de leche 1,90 pesetas (moneda oficial en aquellos años); esta cantidad consta reflejada en documentos oficiales; en Madrid su precio de venta estaba fijada en 1,10 Pts. Como era imposible que hubieran beneficios, la picaresca española hizo acto de presencia: se aguaba la leche... que además llegaba a manos muy concretas y no a la población.

De hecho conozco una historia real que paso a contar brevemente.

Una mujer tiene un hijo al que naturalmente amamanta, pero la reciente y primeriza madre tiene al principio problemas en la calidad de la leche por lo que el pequeño empieza a perder peso. El médico que la atiende (entonces los galenos iban al propio domicilio), recomienda que sea la madre quien tome "leche pura de vaca" para que su cuerpo se acostumbre a producir lo que le falta, algo que con el tipo y según el médico sucederá sin dudarlo. El problema es dónde encontrar esa leche puesto que las cartillas de racionamiento todavía funcionan y están vigentes (estamos en los comienzos de los cincuenta), y al estraperlo no se puede acudir porque no hay dinero casi ni para comer.

El propio médico encuentra la solución: él firmará un documento por el que la madre se habría quedado sin leche y por lo tanto sin posibilidad de amamantar, y el niño necesita su ración diaria. Con ese documento el crío obtendrá su propia Cartilla de Racionamiento... y su dosis de leche...

Lo gracioso viene cuando, ya la cartilla hecha y yendo el padre a recoger la leche, se encuentra con que, también diariamente, su hijo tiene derecho a un trozo de pan y un cuenco de azúcar. Naturalmente lo coge todo y se va tan contento a su casa. El niño, una niña en este caso, no tenía ni un mes... y era yo.




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