Los impuestos en la Roma antigua

Hispania es el nombre que recibía la actual España en tiempos de los romanos. Por aquella época existían dos clases sociales: la de los nobles y la de los campesinos; los nobles eran dueños y señores de tierras, y los campesinos eran los trabajadores de esas tierras.

El noble, el "señor" cobraba absolutamente por todo. Por ejemplo:

Si el campesino que podía ser también herrero, pescador, carpintero, panadero... construía una choza para vivir allí con su familia, el noble le imponía lo que se conocía como fumage, que era un impuesto con el que pagaba lo que hoy podría ser el alquiler de una vivienda, y lo hacía dando al señor una parte de la siembra, o canastos de pescado o de pan, según su profesión. En el caso de ser pastor o trabajar con animales, pagaba con un número previamente establecido de ellos. Pero también se pagaba por el simple hecho de vivir en esa choza el fogaje.

Si el arrendado moría, el amo cobraba el mincio, que era una alhaja, una joya perteneciente al difunto o la mejor cabeza de ganado; es decir, la familia, aparte de perder al cabeza de familia y generalmente quien proporcionaba el sustento, tenían que pagar al noble una especie de multa por la pérdida.

Si el arrendado se llenaba de deudas, bien porque había perdido la cosecha, el ganado, por mal tiempo en la mar... y vendía por ello la choza familiar (casi nunca llegaba a una casa propiamente dicha), tenía que pagar a su señor un 2% de la venta, parte que se conocía como laudemio.

Si varios arrendados se unían para arreglar puentes, caminos, pozos o cualquier otra cosa para mejorar el paso de cargamentos (recordemos que las tierras eran siempre del noble), tenían que pagar al señor lo que se conocía como facendera, una especie de peaje por transistar por los lugares que también tenían que arreglar y conservar.

La calza se abonaba cuando algún hijo del arrendado se quería casar. Y si se tenía un hijo, el impuesto se llamaba goyosa.

Además los campesinos, ganaderos, etc, pagaban aparte de todo lo anterior otro impuesto más, la fonsadera, que era su contribución a los gastos de las guerras en que siempre andaban metidos sus señores.

Los alimentos necesarios para la mesa de cada día no se podían comprar más que en el almacén que a tal fin tenía el noble... salvo que se asumiera el riesgo de que el amo les echara de sus tierras. Así que aparte de pagar por esas viandas en el momento de adquirirlas, también existía el conocido como conducho, una penalización por no haber sido capaces de producir por sí mismos esos alimentos... y haber tenido que comprarlos.

Así que el arrendado difícilmente conseguía salir, él y su familia, de la extrema pobreza con que apenas subsistía.

Pero es que además y ya rizando el rizo del absurdo, existía una tasa más que era exclusiva de la mujer y que nadie más que ella podía pagar (ni el padre, ni el esposo, ni nadie más que ella). Se llamaba amadigo. Voy a explicar brevemente en qué consistía.

La mujer en aquellos tiempos no poseía nada, ya que primero estaba bajo el mandato del padres y después, cuando se casaba, del marido. El amadigo era un impuesto femenino... de por vida, y consistía en que tenía que yacer (tener relaciones sexuales) con su amo hasta que quedara preñada... y tuviera un hijo varón; tener una hija no valía para el pago de ese "impuesto". Naturalmente cuando el hijo ya había nacido, tenía que ser criado en el seno familiar del arrendado, sin más privilegio que el de ser tratado como un hijo más... o el señor se podía enfadar. Ese hijo nunca tenía, ya de adulto, más derecho que el de su padre putativo.


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