Breve historia de la investigación criminal

Hacia mediados del siglo XIX la investigación de los delitos cometidos, principalmente de los crímenes, se basaba en la confección de fichas policiales de los detenidos. Este sistema que fue válido durante un tiempo, se complicó al ir aumentando el volúmen de los archivos, lo cual hizo que fuera farragoso el encontrar los datos de un detenido ante aquel maremágnum de papeles.

Fue en 1877 cuando se inventó un nuevo método: el de las huellas digitales. Entonces se descubrió (parece mentira pero así fue) que las huellas de las manos son irrepetibles en un segundo ser humano y que no cambian ni siquiera ante una enfermedad. En ocasiones sorprende que algo que actualmente consideramos sabido por todos, un buen día fuera causa de conmoción mundial ante su descubrimiento.

Uno de los grupos de delincuencia organizada, los gánsters, se dieron cuenta pronto del problema que se les creaba ante ese novedoso sistema de identificación, por lo que se dedicaron de forma masiva a tratar de paliarlo llegando a pagar sumas astronómicas para operaciones de cirugía estética con las que ocultar sus huellas dactilares. Pero pronto se comprobó su inutilidad, ya que la regeneración de la piel y con ello la consiguiente reaparición de dichas huellas hicieron inviable el método.

Hacia finales de la centuria del 1800 se hicieron públicas por primera vez y con ello se mejoraron, las técnicas que empleaban los forenses al examinar los cadáveres. Con ello nació lo que hoy conocemos como "medicina legal".

El sistema de balística, empleado para determinar si el disparo a un fallecido había sido hecho a corta o larga distancia y por lo tanto era suicidio o asesinato, se inició con fuerza a la llegada de las armas de fuego. Uno de los más importantes iniciadores de estos estudios fue el norteamericano Calvin H. Goddard (1891-1955), aunque un juez de instrucción austriaco llamado Hans Gross (1847-1915) fue el primero en utilizar dichas técnicas como pruebas en los juicios.

Otra de las ramas que avanzó notablemente fue la de la toxicología. Miles de delitos por envenenamiento, generalmente utilizado por mujeres, quedaban impunes ante la imposibilidad de demostrar el crimen. Fue el español Mateo Orfila (1787-1853) un médico forense quien dio un enorme paso aplicando los estudios existentes más los que él mismo descubriò a la hora de exhumar cadáveres y analizarlos. En 1836 el inglés James Marsh (1794-1846) consiguió a través del aparato que lleva su nombre aislar el arsénico que contenía un cadáver y con ello poder demostrar con pruebas que el difunto había sido envenenado. De todas formas y al tiempo de este descubrimiento se acuñó un nuevo problema, ya que la tierra de los cementerios contiene arsénico; había que delimitar por tanto si el veneno pertenecía al muerto o por el contrario pertenecía al lugar donde estaba enterrado; es por ello que actualmente y al tiempo que en una exhumación se recogen muestran del cuerpo, también se hace con la tierra que le rodea.

A partir de la finalización de la Segunda Guerra Mundial aparece la cromatografía, o lo que es lo mismo: el método por el que se aislan e identifican los venenos producidos por barbitúricos.

Pero no hay duda que sin omitir todos estos adelantos, uno sobresale del resto por su importancia: el descubrimiento del ADN, sobre todo cuando también se ha averiguado que es aún más perfecto que las huellas dactilares. El ADN, con su complejo entramado de difícil lectura para el profano, es quizás la puerta que abre un nuevo sistema de investigación criminalística... sin que por ello haya llegado a su límite.

Sherlock-Holmes

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