Qué pasó con el cuerpo de Einstein?

Albert Einstein posiblemente sea un gran desconocido, no en cuanto a su popularidad pero sí en cuanto a conocimiento sobre él; pocos son los que saben algo de su vida o incluso de su obra, que fue mucho más de la ley de la relatividad.
Einstein nació en Alemania en 1879, de ascendientes judíos; murió en 1955 a la edad de 76 años. Presionado y perseguido tuvo que emigrar a Estados Unidos, nacionalizándose norteamericano en 1940.

Pero, dejando de lado su provechosa vida, lo más curioso fue lo que sucedió después de su muerte.

Albert Einstein murió el 18 de abril de 1955. El médico forense Thomas Harvey realizó, esa misma noche, la autopsia del físico; cuando acabó metió el cerebro en un frasco y se lo llevó a su casa. Durante los siguientes cuarenta años mantuvo silencio sobre dónde estaba (el cerebro) lo cual despertó la curiosidad de periódicos que llenaron miles de páginas con preguntas al respecto.

El año 1996 el periodista Michael Paterniti buscó y encontró a Harvey quien por aquellos tiempos trabajaba en una fábrica de plásticos de Kansas; el ya anciano médico le hizo saber que quería hacer entrega de su tesoro a la nieta de Einstein; el periodista se ofreció a llevarle a cambio de la exclusiva, y de esa manera el cerebro del físico viajó desde Kansas a California en el maletero del coche. O mejor dicho: lo que quedaba del cerebro que era... nada, ya que esa misma noche Harvey había cortado dicho cerebro en 240 trocitos dicho cerebro, repartiéndolo entre varios científicos que al conocer la noticia de la muerte de Einstein se presentaron en el domicilio, y con la excusa de estudiar dónde residía la genialidad del científico. De hecho Henry Abrams, oftalmólogo y amigo del físico contó más tarde que cada cual se llevó lo que pudo, y que él mismo se llevó los ojos... que custodió en la caja de seguridad de un banco.

En definitiva: la nieta nunca recibió nada.

Pero el colmo de toda esta historia llega cuando atendiendo al testamento que dejó escrito Albert Einstein leemos que el físico pidió que su cuerpo fuera incinerado... para que nadie venerara sus huesos (sic).

En 1994 los ojos de científico salieron a subasta pública, propiciada por el propio Henry Abrams; el cantante Michael Jackson llegó a pujar con 655 millones de dólares por ellos... pero no los consiguió.



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